¿Por qué España es bipartidista?

La crónica reciente de las elecciones generales en España es la historia de la consolidación de un bipartidismo. Es el relato de la predominancia aplastante de dos formaciones, el PSOE y el PP, que se muestran a sí mismas como la única alternativa de gobierno posible cuando el partido en el poder desagrada.

A una semana de las elecciones, por ejemplo, las intenciones de voto y la atención mediática se centran en los movimientos de los dos principales partidos, los dos únicos que tienen oportunidad de gobernar, pero ¿son estos partidos un fiel reflejo de las preferencias del país o por el contrario su predominancia se debe a otros factores?

Pues más de lo segundo que de lo primero.

La opinión de los españoles

Según el último macrosondeo del Centro de Estudios Sociológicos (CIS), un 76’5% de los electores votarán por el PSOE o el PP el próximo domingo. Sin embargo, según otras preguntas preliminares, y pese al 46’6% de intención de voto al PP, otro 49% opina que el PP ha hecho una actuación mala o muy mala en la oposición y un 65’5% cree que habría actuado igual o peor que el PSOE de haber estado en el gobierno. No hace falta decir que la opinión del electorado español sobre el papel socialista en el Ejecutivo es deplorable: un 63’3% la tildan de mala o muy mala.

Estos datos, sobre una base de más de 17.000 entrevistas en todo el Estado, constatan que el voto no refleja con demasiada fidelidad las preferencias de los votantes. ¿A qué se debe pues el dominio de los dos grandes partidos?

Archivo:Escaños congreso de España 1977-2008.png

El sistema y sus consecuencias

Queda claro que el sistema favorece a las mayorías, pero la sabiduría convencional reza que todos los votos cuentan y que no hay sufragios inútiles. La realidad es que eso no es del todo cierto.

Hace cuatro años, por ejemplo, el PSOE y el PP sumaron un porcentaje de escaños más elevado que el porcentaje de votos que habían conseguido. De 44 y 40% de votos respectivamente pasaron a 48 y 44% de escaños. Por el contrario, el resto de los partidos, a excepción del PNV y Nafarroa, que recibieron una pequeña ventaja que no llegó al punto percentual, fueron perjudicados en el tránsito de votos a escaños. ¿Por qué sucedió?

Por dos razones: a) las circunscripciones son pequeñas y b) la fórmula electoral no es proporcional.

Las circunscripciones son pequeñas

A pesar de que el debate se ha focalizado en el distinto peso de un voto dependiendo de la provincia donde vivamos, la mayor distorsión de nuestro sistema electoral es la “pérdida” de votos que ocasiona tener circunscripciones tan pequeñas. Así, el 52% de las provincias tienen entre 1 y 5 escaños, lo que a la fuerza discrimina la entrada de las alternativas políticas minoritarias.

Si en una circunscripción hay 3 o 4 escaños, por ejemplo, difícilmente tendrán cabida terceros partidos, más aún si se rigen por el sistema d’Hondt.

La fórmula elitista

La Ley d’Hont favorece a las dos primeras opciones. Está diseñada para ello y la evidencia empírica lo demuestra. Y en sí mismo ello no es perjudicial: favorece la creación de mayorías, lo que facilita la gobernabilidad -lo cual, dado el conflictivo historial político español, fue algo buscado en su momento-.

Lo que sucede es que estos beneficios se producen a costa de la marginación de las opciones minoritarias.

Así, el primer efecto del sistema es que muchos votos de circunscripciones pequeñas a partidos minoritarios pasan a no valer nada durante el recuento, ya que no tienen conversión en escaños.

Y seguidamente, a medio o largo plazo, esos electores que han visto una o repetidas veces que su voto no produce diputados, sufren el llamado efecto psicológico, o sea, el cambio de voto hacia opciones con más posibilidades de sacar escaño (el llamado “voto útil”) por mucho que no reflejen sus preferencias.

Las soluciones: como siempre, en los comentarios

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