¿En qué queda hoy la Navidad?

A mí me gusta la Navidad. Me gusta el estado de ánimo vacacional, me gustan las comidas y me gusta que se sucedan los festivos, sobre todo si me sirven para ver a la gente que quiero. Y me gusta recibir regalos tanto como hacerlos, siempre que tenga buenas ideas y no se trate de compromisos. Esa es mi Navidad.

Otra historia es que existan muchos aspectos de la Navidad, en genérico, que detesto, ya no por sociopatía, que a veces, sino por profundamente incongruentes. No quiero repetir el mantra del consumismo inconsciente y desaforado: todo el que entre aquí puede intuir lo que me gusta ir al centro de Barcelona en estas fechas. Lo fascinante es que, en substitución a la fiesta cristiana, se ha impuesto otra religión que mucho tiene que ver con lo consumista.

En ella hay ídolos, como la PlayStation, el iPad,  esas botas o esa chaqueta. Y para acercarnos a ellos, hacemos sacrificios, pero ahora no son ayunos dedicados a la introspección, al autocontrol y al acercamiento voluntario con los más pobres, sino penurias económicas para llegar a final de mes en enero o febrero. En la NeoNavidad, encontramos también una iconografía que jamás tuvieron la suerte de ver los nazarenos, empezando por los árboles nórdicos adornados con luces que, en el colmo de la subordinación a la moda, incluso colocan delante del Vaticano, y terminando por un gorro rojo con una borla blanca que, me temo, tampoco debió ser moda en tiempos de Judas Iscariote.

Igualmente, tenemos ritos, como son las comidas familiares, generalmente las más costosas de todo el año y, por lo tanto, alejadas de los evangélicos pan y vino. Y, finalmente, tenemos los mitos. Hoy, la mayoría de los niños crecen esperando de estos días una magia consistente en media docena de paquetes con juguetes por la misma regla de tres que realizarán la primera comunión con una lista de regalos en la mano. Con ello, es obvio, se pervierte cualquier tipo de prédica cristiana, como pudiera ser aquello de “Déjalo todo y sígueme”, pero pocos -yo no me incluyo- se enfrentan a esta dinámica con verdadera fuerza.

Está por ver cual debe ser el beneficio espiritual o emocional de esta nueva fiesta religiosa, pero apuesto a que triunfará el vacío. Eso sí: el año que viene, más.

Imagen de NuestroRumbo.es.

Los orígenes de la indigencia

Nos lo contó Martí Gómez en esta excepcional entrevista, pero ya lo conocíamos: todo empieza siempre con dificultades laborales, cuando no con el despido. En el caso de Miquel, fue el descenso de los encargos de páginas para dibujar. Luego uno se distancia de sus amigos e incluso de los familiares, sea por vergüenza, sea porque no puede seguir su ritmo de vida cuando salen. Como no tiene trabajo ni amigos, empieza a beber. Y como no tiene ni trabajo ni amigos y bebe, su mujer lo echa a la calle.

Miquel ya bebía antes de que los dibujos le fueran mal y además se le quemó la casa, pero la metáfora de Martí Gómez es válida: nuestras vidas son como cuerdas que nos atan a lo que llamaríamos normalidad, cuerdas formadas por muchos hilos, cuerdas fuertes cuando los hilos están enteros, pero cada vez más frágiles cuando uno de los hilos, y después otro, y otro, se empiezan a romper. Quizá por eso la imagen de la página de inicio de Arrels es la que es.

Y me recuerda también a otra metáfora, esta vez de Pep Marí, psicólogo del CAR de Sant Cugat y sabio en general: la de la silla de tres patas. Todos nos deberíamos apoyar en un trípode, es lo que recomienda a los deportistas, para sustentar nuestro estado de ánimo en más de una afición o persona. “Búsquense fuentes de felicidad más allá del deporte”, les dice, no porque su ocupación tenga fecha de caducidad, que la tiene más que ninguna otra profesión, sino porque cualquier día puede terminarse abruptamente, como la del gimnasta que se preparaba para ser campeón de Europa y de un día para otro, tobillo destrozado mediante, tuvo que replantearse su vida porque jamás podría volver a aterrizar en una colchoneta.

Las metáforas de Martí y Pep nos sirven a todos, ya no para evitar la mendicidad o el nihilismo, sino para prevenirnos fatídicas dependencias.