El fin de las ayudas a la dependencia

Conchita celebró sus setenta y cinco años saliendo a la calle con un andador y del brazo de su cuidadora, Ana. Echó la vista atrás y recordó cómo ella misma había acogido a su madre en casa cuando empezó a tener problemas para moverse. Y cómo, antes aun, su madre se había ocupado de los cuidados de su propia suegra cuando se le fue la cabeza.

Ahora Conchita no tenía familia a su alrededor. “Trabajan más horas de las que tiene el día” – se decía para disculparlos – “Y Ana me escucha y me da cariño” – se consolaba. Pero el dinero de las ayudas para pagarla se iba a terminar pronto, no había pensión suficiente para mantenerla y no les podía pedir a sus hijas que dejaran de trabajar para acompañarla. No había sido su mejor cumpleaños.

Rajoy ya anunció en precampaña que la ley de dependencia no era viable, que debía ser revisada y que se reducirían las ayudas. Fue ponerle palabras a lo que el socialismo había intentado hacer pasar desapercibido, pero la realidad era evidente desde hacia tiempo: la dependencia ni funciona ni puede funcionar porque jamás se previó un sistema de financiación para ella.

Al PP jamás le gustó la ley y se la saltó cuando pudo. Tres de sus autonomías más importantes, Galicia, Madrid y Valencia, que suman 14 millones de personas, atendieron a menos ciudadanos que Andalucía, con 8. Otro asunto es que esta ley se haya usado con fines clientelistas, que podría ser: según el último informe al respecto, uno de cada cuatro españoles que recibe prestaciones es andaluz.

Ayer, además, saltó la noticia de que mueren más dependientes de los que llegan a acceder a las ayudas. Mientras, las listas de espera se engordan y los números no cuadran. Entre medias, la dignidad de los atendidos o quienes reclaman atención, los problemas de conciliación y financiación de los familiares y el peligro y precarización de los puestos de trabajo que se dedicaban al sector.

Es otro síntoma del fin del bienestar. Estos lodos, como sucede con toda la crisis, vienen igualmente de polvos lejanos. Viene de la mala planificación de una política a tan magna escala; de la los políticos regionales que le dieron un uso político sin reparar en gastos; y de la picaresca de los ciudadanos que desangraron un sistema ya de por sí aguantado con alfileres.

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¿Son inevitables los recortes en sanidad?

España gasta menos en sanidad de lo que debería por su nivel de riqueza. Pero tranquilidad, porque es líder en la mayoría de indicadores sobre salud y calidad de asistencia sanitaria: tenemos una alta esperanza de vida, los niños crecen fuertes y nuestra percepción sobre nuestro estado de salud es de las mejores.

¿Podemos permitirnos entonces los recortes en sanidad?

Pues será cuestión de opiniones, pero los datos son interesantes para, por lo menos, no caer en la trampa de creer el cuento de que gastamos demasiado o de que la sanidad es insostenible.

De hecho, según el indicador más fiable en este sector, el Health Data, dentro de la Unión Europea de los 15, solo Grecia y Luxemburgo tenían una menor inversión en sanidad en 2009. Mientras España dedicó un 7% del PIB en sanidad pública, Dinamarca gastó el 9’8%. Visto de la manera que propone el catedrático de políticas públicas Vicenç Navarro (que usa datos de 2008), tomando como referencia la diferencia de riqueza respecto a los 15, si la media europea fuera un 100%, España tendría una riqueza del 94%… pero invertiría en sanidad pública un 79’5% de lo que gastan nuestros vecinos.

O sea, que España tiene buena salud… a pesar de su bajo gasto.

Si España gasta poco, Catalunya menos

Por cierto, Catalunya, que recién sale de una huelga de sus médicos, queda peor parada que España.

Canadá, por ejemplo, tiene la misma riqueza por habitante que Cataluña y cada año gasta 1.000 euros más en sanidad que nosotros (2.114’6 euros por habitante contra 1.191’6). E Italia, con una riqueza por habitante inferior a la catalana, gasta 300 euros más por persona al año. De hecho, solo seis de los 24 países OCDE invierten menos que Catalunya en sanidad pública en relación a su población.

En resumen, lo que gastamos tiene resultados mejores que en el resto de países, sí, pero aún así gastamos por debajo de lo que nos toca por nuestra riqueza. Otra cosa es cómo ésta última está repartida.

Fuente de la imagen

Las soluciones, como siempre en los comentarios.