Tres consideraciones al primer discurso de Rajoy

Impuestos y fiscalidad

Los planes de Rajoy, en línea liberal, se traducen en menos impuestos a las empresas y a la adquisición o venta de activos y ni una mención a los tributos de los ricos, las grandes empresas y a los bancos. Sin sorpresas.

Paralelamente, anunció una deducción en el IRPF y rebajas del IVA por comprar una casa, medidas que van a tener muy poco peso si tenemos en cuenta que lo que ahora condiciona a los ciudadanos a la hora de adquirir una vivienda es 1) si van a tener crédito, que difícilmente, y 2) si van a tener trabajo al cabo del año, que es más incierto que nunca.

Y siguiendo con el modelo de hormigón y playa que tanto nos cunde, Rajoy también comunicó un plan integral de turismo para “mejorar” su fiscalidad. Como no concretó nada, no sabemos si lo que quiere facilitar es la reducción de los costes del sector (probable) o la introducción de alguna tasa a los visitantes (¡estás flipando, friki!)

Servicios públicos

El PP tiene un electorado muy marcado, a él le dirigió sus promesas y ayer fue coherente: anunció que las pensiones recuperarán el poder adquisitivo perdido durante el último curso y, por el contrario, aplazó revelar si habrá o no recortes en educación y sanidad. De momento, no quiere enfrentarse al 88% de españoles que están poco o nada de acuerdo en reducir el gasto social.

Empleo

Hubo propuestas agresivas, como la bonificación del 100% de la SS a las empresas que contraten a jóvenes en su primer año laboral y la revisión de los convenios a favor de las empresas, lo que, sí, puede favorecer el empleo, pero veremos en qué condiciones: ¿Cuántos casos de empleados despedidos justo al cumplir su primer año se van a dar? ¿Cuánto van a bajar los precios de los salarios sin que los trabajadores puedan alzar la voz?

Rajoy, además, dejó dos medidas de mucho peso en otros fragmentos de su discurso. La primera, el retraso efectivo de la edad de jubilación, que aunque puede favorecer el cuadre de cuentas de las pensiones, a) perjudica los datos del paro, ya que aumenta la población activa; b) castiga a los trabajadores más pobres, que van a vivir menos años jubilados porque está empíricamente probado que, a menor riqueza, menos esperanza de vida; y c) suma una amenaza a los ciudadanos, que si han tenido la desgracia de no  cotizar la totalidad de los últimos quince años, no tienen asegurada una pensión razonable.

La segunda propuesta fue la no reposición de los trabajadores públicos… fuera de las fuerzas de orden y seguridad. Un escándalo… que cuadra perfectamente con el ideal liberal de minimizar al máximo el Estado para que sólo se ocupe de hacer cumplir la ley… de la calle, porque tampoco de oyó nada de persecución del fraude fiscal.

La única alegría entre las propuestas de empleo fue la de controlar el absentismo laboral injustificado, un primer paso para atacar la principal tara española: la falta de productividad.

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Tres reformas para la Constitución

 

Primera. Dar salida a la voluntad de autodeterminación de las naciones. Tanto en el Pais Vasco como en Catalunya crece el número de independentistas, que ya supera la mayoría entre quienes votarían un hipotético referéndum sobre la materia. A pesar de que no existe un reconocimiento al derecho de autodeterminación dentro de las leyes españolas o comunitarias, las normas deben servir al pueblo cuando éste lo pide en bloque. Ninguna Constitucion tiene futuro si impide a un territorio cuya población rechaza pertenecer a su Estado.

Segunda. Revisar la composición del Senado para convertirlo en una cámara de participación autonómica en las decisiones estatales. La medida debe ir paralela a una reforma del sistema electoral en el Congreso de los Diputados que reduzca al máximo las ponderaciones por población y territorialidad. Así, todas las autonomías aportarían el mismo número de senadores mientras que cada escaño en el congreso costaría los mismos votos.

Tercera. Asegurar los derechos sociales de los ciudadanos (sanidad, educación, vivienda, alimentación, vida digna, igualdad de géneros, razas y orientación sexual) estableciendo mecanismos para su vigilancia y protección. De no asegurar las condiciones materiales para el bienestar de la población, de poco servirían los derechos democráticos y las garantías de libertad. No hacen falta más artículos, o más cambios, solo herramientas para que se cumplan.

Para los comentarios dejamos las polémicas sobre la monarquía…

¿Tenemos la política que merecemos?

Ayer mismo, colas de hasta quilómetros de personas se acumulaban en las puertas de los colegios electorales de El Cairo en lo que todos los cronistas han definido como una “participación masiva” a las elecciones. En Europa, España y Catalunya ya conocemos las tendencias de participación electoral, y si se trata de comparar la participación no electoral, el símil con las concentraciones prodemocráticas de Tahrir desalienta el paralelismo, ya no por número (El Cairo tiene el tamaño de tres Barcelonas) sino por frecuencia e intensidad.

Habrá quien le busque la explicación en factores socioeconómicos, y tendrá una parte de razón; el egipcio que sale a la calle sin temor a la violencia tiene poquísimo que perder y prefiere ese sucedáneo de democracia que ha seguido a la caída de Mubarak a la dictadura con que éste les castigó. Pero a la hora de explicar el deficiente funcionamiento de las instituciones y la enorme cantidad de defectos y taras de nuestra concepción de lo público, también hay un factor del que muchos sociólogos, caso de Enrique Gil Calvo, creen que somos esclavos: el factor cultural.

Los indicadores son bastante claros: durante las últimas dos décadas apenas tan solo entre un 4 y un 5% de los españoles se han descrito a sí mismos como muy interesados en la política, el índice de identificación a algún partido es uno de los más bajos del mundo (60%), lo mismo que la afiliación a partidos y la participación en asociaciones -que en Catalunya sí es significativa-, y menos de un tercio de los españoles leen la prensa a diario, lo que representa la mitad que la media europea. Como resultado, no vamos a votar (tenemos nuestro record alrededor del 77% cuando Europa supera el 80 con regularidad) y lideramos la carrera mundial en desafección e insatisfacción.

¿Cómo entonces, sin interés, sin información, sin participación electoral y sin asociacionismo podemos sorprendernos de la mala percepción que políticos e instituciones tienen en España? Sin interés ni nexos de unión fuertes entre sociedad civil y partidos, no puede haber confianza; sin confianza, no hay implicación en política; sin implicación, los políticos no van a tener incentivos para rendir cuentas de lo que hacen; y sin tener que rendir cuentas, el político apenas tiene castigo cuando malbarata, manipula, es populista, miente o roba.

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El individualismo y los privilegios de los funcionarios

El jueves pasado La Vanguardia publicaba en portada que “El Govern prepara una reforma que reducirá los privilegios de los funcionarios” refiriéndose a las medidas que CiU quiere introducir entre los trabajadores públicos para “equiparar” las condiciones de funcionarios y el resto de asalariados.

Existen muchos beneficios, todos los habremos oído, como horarios cómodos, bajas de paternidad más largas, facilidad para tomarse excedencias, los famosos días para asuntos personales y demás. Y existen funcionarios que se aprovechan de tales condiciones y de su contrato infinito sin ofrecer contrapartidas equivalentes, también lo habremos oído todos. No es este el tema. O no principalmente.

Ahora que La Vanguardia ha dejado de tener credibilidad en asuntos que atañan a la política catalana después de conocerse que el Grupo Godó que lo edita recibió dos millones de euros de la Generalitat, hay que leer con lupa cada titular. No es lo mismo, por ejemplo, decir “privilegios” que “condiciones”, por muchas comillas que pusieran. Hay una intencionalidad política detrás.

Y hay una intencionalidad política porque la función pública es un tema muy susceptible. Desde Larra, está extendida la leyenda de la falta de productividad entre quienes aprueban unas oposiciones y cunde la sensación, más aún en épocas de estrecheces, de que hay que poner freno al desmadre. Pero esa conducta que asociamos con el acomodo no es exclusiva del funcionariado. De hecho, es genuinamente latina: ante las normas, entendemos que está permitido todo aquello que no está prohibido. O peor, aunque esté prohibido, lo seguiremos haciendo hasta que nos pillen.

Por eso existen funcionarios que escriben libros o van de compras en horas de trabajo, claro, pero también mindundis que no han hecho la declaración de renta durante lustros, escuelas concertadas y empresas de prestigio que pagan en negro grandes cantidades, conductores sin carnet ni seguro y sanguijuelas que simulan más desgracia que la que tienen con tal de cobrar un pellizco más de la ley de dependencia.

Y al final, por tener una concepción muy particular del civismo, el compañerismo y lo público, reina el silencio y se tolera -cuando no contagia- el chupasangrismo. Finalmente, sin denuncias (nadie quiere ser un chivato y enemistarse con el compañero, el vecino o la empresa que te paga) ni investigaciones serias (el Estado siempre dice que saldría más caro el remedio que la enfermedad) los números no salen y se engorda la leyenda hasta que la opinión pública termina aceptando cualquier remedio rápido. Y ese remedio es hoy el “que muchas personas hagan un pequeño sacrificio”. O que paguen justos por pecadores.

¿De dónde viene la mayoría absoluta?

Elecciones 20N: Así quedaría el Parlamento si todos los votos valieron lo mismo

En análisis de los resultados del 20N tiene pocos misterios después de la aplastante victoria del PP, pero sí un interés: saber como ha conseguido el 53% de los escaños con un 44% de los votos. El aumento de votos del PP respecto al 2008 es cercano al medio millón pero no explica por sí sola la mayoría absoluta. De hecho, en el 2008 el PSOE obtuvo 460.000 votos más que el PP ayer y prácticamente el mismo porcentaje, y sin embargo se quedó con 17 escaños menos.

En primer lugar, queda claro, la razón está en la bajada del PSOE. Pero justo detrás hay que hablar de la distribución, o más bien “centrifugación” de los votos que perdieron los socialistas. Y eso tiene mucho que ver con lo comentado la semana pasada.

Año Participación PP PSOE
1993 76’44 8201463 9150083
1996 77’38 9716006 9425678
2000 68’71 10321178* 7918752
2004 75’66 9763144 11026163
2008 73’85 10278010 11289335
2011 71’69 10830693* 6973880

Resultados de elecciones generales. En amarillo el ganador. Con asterisco las mayorias absolutas.

En el gráfico que abre el post vemos el precio del escaño para cada partido, dato eufemístico que en realidad nos hace intuir cuántos votos de los partidos menores no llegan a computar jamás. Así, cabe imaginar tres posibles destinos de los 4.315.455 votantes socialistas del 2008 que no repitieron ayer:

  1. La abstención, el voto en blanco y nulo, mayores que hace tres años y que sumados subieron un 3% respecto al 2008.
  2. El PP. Parece inverosímil vistos los desencuentros que han mostrado en el escaparate, pero explicable en la trastienda. Puestos a castigar al PSOE, en la mayoría de provincias no hay otra alternativa para sacar escaño y muchos habrán optado por el voto útil. Y si se trata de estar de acuerdo con lo que dictan los mercados y Merkozy, mejor los recortes con copyright -teoría también aplicable a CiU- antes que la incoherencia de la izquierda.
  3. Los partidos pequeños: IU aumenta sus votos (1’68 millones por 0’97 hace tres años), UPyD casi los cuatriplica (1’14 frente a 0’3) y sumados a Equo (250.000) y demás alternativas superan los dos millones de votos nuevos. Como ya sabemos, estas alternativas tienen muy complicado conseguir convertir sus votos en escaños, por lo que en la práctica, pese a sus subidas, terminaron dándole un mayor peso relativo al PP.

Siendo éstas sólo hipótesis, quedaría confirmarlas o refutarlas con encuestas a los electores con recuerdo de voto. De todas formas, dos conclusiones generales: una, el sistema bipartidista es hoy un sistema de partido y medio; y dos, el resultado es más un castigo al socialismo que baja por primera vez del 33% del voto, que un  premio al PP, de quien apenas se conocieron propuestas concretas y que, a cambio, filtró una imagen de rigor y seriedad que convencieron.