Tres lecciones de Durban

No soy un experto en emisiones de CO2, pero he escuchado los mismos datos que cualquiera: la naturaleza nos permite tres unidades de energía por habitante y hoy, de media, gastamos 13. Es un exceso con unas consecuencias a la vista en el Ártico, en la capa de ozono, en la calidad del aire y hasta en los movimientos migratorios. Sin embargo, el fenómeno, al fin y al cabo, es un síntoma más de lo que la sociedad global es hoy.

Los humanos hemos explotado la tierra por la misma regla de tres que durante milenios hemos explotado a otros hermanos. Lo desalentador es que la historia nos demuestra que sólo ante el rebote -habitualmente violento- de los sometidos, se rompió la explotación, por lo que es muy razonable pensar que, en esta ocasión, la buena voluntad volverá a fracasar. Es la primera lección de la cumbre de Durban: no hay incentivos para el cambio de modelo más allá del propósito de un puñado de dirigentes.

También es una buena ocasión para establecer un símil con la crisis actual. Las dos situaciones, la crisis ecológica y la económica, nacen de conductas codiciosas. Sería ingenuo culpar de ellas sólo a los gobernantes, ha quedado demostrado. Igual como muchos se hipotecaron sin techo o consumieron sin fondos cuando llovían los créditos, nadie se autoimpone límites a la hora de comprar productos que han sido fabricados con una generosa “mochila” de emisiones, no digo ya electrodomésticos o automóviles, sino ropa y comida transportados con brutales costes ecológicos. Segunda: es el mismo concepto de “libertad”, tan obtuso e inconsciente, el que ampara las conductas de ciudadanos, empresas y políticos emisores.

Finalmente, y será porqué lo vivo día a día en el colegio, es la reproducción a gran escala de la eterna posposición de las tareas pendientes: en los chavales, el estudio y los trabajos; en los profesores, la corrección, la planificación y la elaboración de los informes de notas; en cualquier ciudadano, la compra de los regalos de Navidad; en los políticos, la asunción de acuerdos que impliquen cesiones en sus principios y sacrificios a sus empresas. Tercera lección: no se discute la consciencia del problema, sino la valentía y responsabilidad para afrontarlo.

El cambio climático según los hijos de la Tierra

Aplazamos el compromiso de terminar la serie de Monsanto para dar voz a los indígenas, los mayores conocedores de la tierra y la naturaleza, en la semana del planeta.

La ONG dedicada a ellos, Survival, ofrece un compendio de los gritos de alerta que los aborígenes de todo el mundo dan desde hace tiempo. Nadie mejor que ellos, cuyo contacto con la naturaleza les da alimento, vivienda, ocio y sabiduría, para pulsar la salud de la Tierra.

Los inuit del Ártico, por ejemplo, van a tener que desplazarse de la costa que se funde, muchos de ellos ya han caído en las aguas nórdicas por alguna rotura del hielo y su sustento cada vez es más complicado porque apenas pueden cazar y pescar con seguridad.

En el Amazonas, los yanomami han comprobado que las lluvias han cambiado su patrón por causa de la deforestación en sus tierras, que ahora crían soja o aceite de palma para la importación.

En la búsqueda de soluciones energéticas “sostenibles”, en el Chaco, los guaraníes de Brasil, Bolívia y Paraguay han sido expulsados de sus hogares para implantar en ellos cultivos de agrocombustibles. El liderazgo en este sector le proporcionará mucha riqueza a Brasil, pero el precio a pagar será la contaminación de los ríos adyacentes y la expulsión de las comunidades originarias que antes poblaban el Mato Grosso y ahora se hacinan en los bordes de las carreteras en situaciones de mendicidad y con altos índices de alcoholismo y suicidios juveniles tras verse desprovistos de sus medios de subsistencia tradicionales.

En Siberia y Escandinavia, sus pastores de renos saami han dejado de poder prever el tiempo y han visto como ello alteraba los hábitos de los renos, base de su economía y cultura. Las bestias no pueden cruzar los ríos antiguamente helados porque ahora los pasos no son seguros.

Curioso que quienes menor huella ecológica tienen, quienes más han respetado y querido la Tierra, terminen siendo los primeros afectados por el cambio climático.

Finalmente, un dato que nos regala nuestro amigo Xavier Aldekoa, corresponsal de La Vanguardia en África: “De 1970 a 2008, el 95% de las muertes por desastres naturales han ocurrido en países pobres. No sólo es el clima”.

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