Lo malo ante lo justo

“Todavía no ha llegado el momento de preferir lo que es bueno a lo que es justo… Durante cien años deberemos fingir… que justo es malo y que malo es justo: porqué lo que es malo es útil y lo que es justo no lo es.  La avaríaic, la codícia y la cautela serán nuestros dioses durante un poco más, ya que sólo éstas nos pueden sacar del túnel de la necesidad y llevarnos a la luz del día”

 

John Maynard Keynes, Economic possibilities for our grand children, 1930

¿En qué queda hoy la Navidad?

A mí me gusta la Navidad. Me gusta el estado de ánimo vacacional, me gustan las comidas y me gusta que se sucedan los festivos, sobre todo si me sirven para ver a la gente que quiero. Y me gusta recibir regalos tanto como hacerlos, siempre que tenga buenas ideas y no se trate de compromisos. Esa es mi Navidad.

Otra historia es que existan muchos aspectos de la Navidad, en genérico, que detesto, ya no por sociopatía, que a veces, sino por profundamente incongruentes. No quiero repetir el mantra del consumismo inconsciente y desaforado: todo el que entre aquí puede intuir lo que me gusta ir al centro de Barcelona en estas fechas. Lo fascinante es que, en substitución a la fiesta cristiana, se ha impuesto otra religión que mucho tiene que ver con lo consumista.

En ella hay ídolos, como la PlayStation, el iPad,  esas botas o esa chaqueta. Y para acercarnos a ellos, hacemos sacrificios, pero ahora no son ayunos dedicados a la introspección, al autocontrol y al acercamiento voluntario con los más pobres, sino penurias económicas para llegar a final de mes en enero o febrero. En la NeoNavidad, encontramos también una iconografía que jamás tuvieron la suerte de ver los nazarenos, empezando por los árboles nórdicos adornados con luces que, en el colmo de la subordinación a la moda, incluso colocan delante del Vaticano, y terminando por un gorro rojo con una borla blanca que, me temo, tampoco debió ser moda en tiempos de Judas Iscariote.

Igualmente, tenemos ritos, como son las comidas familiares, generalmente las más costosas de todo el año y, por lo tanto, alejadas de los evangélicos pan y vino. Y, finalmente, tenemos los mitos. Hoy, la mayoría de los niños crecen esperando de estos días una magia consistente en media docena de paquetes con juguetes por la misma regla de tres que realizarán la primera comunión con una lista de regalos en la mano. Con ello, es obvio, se pervierte cualquier tipo de prédica cristiana, como pudiera ser aquello de “Déjalo todo y sígueme”, pero pocos -yo no me incluyo- se enfrentan a esta dinámica con verdadera fuerza.

Está por ver cual debe ser el beneficio espiritual o emocional de esta nueva fiesta religiosa, pero apuesto a que triunfará el vacío. Eso sí: el año que viene, más.

Imagen de NuestroRumbo.es.

¿Cuánta comida tiramos?

No es que no haya magia, es que es un insulto. El argumento de que hay quien muere de hambre para que los niños no se dejen la comida en el plato, digo. Claro que lo que yo tire no va a llegar a sus platos, solo que ofende.

Según la FAO, tiramos un tercio de lo que producimos en el mundo; la mitad de lo que producimos, si reducimos el muestreo a Europa, y lo hacemos a todos los niveles: producción, indústria, tiendas, hostelería y hogares. De hecho, una tercera parte de lo que tiramos en Europa está aun envasado. Preguntémonos también cómo logran colocar los buffets, panaderías o bares de tapas todos los alimentos que surten sus barras y escaparates y nos daremos cuenta de la desproporción que llega a existir entre lo consumido y lo ofrecido y de lo cruel que es que te digan que es algo buscado e incluso rentable.

Igualmente, en el inicio del proceso de producción de alimentos se desecha entre el 20 y el 40% de las frutas y verduras porque los productores consideran que no se van a vender a causa de su apariencia (ver la Contra que le hicieron a Tristan Stuart).

Por si no había suficiente, una comparativa pare terminar: con lo tirado cada año en Gran Bretaña y Estados Unidos se podría a alimentar a los 1.000 millones de personas que pasan hambre en el mundo (el Programa de Acción sobre Residuos y Recursos estima que en la basura de los hogares británicos hay 484 millones de yogures sin abrir y 2.600 rebanadas de pan). No basta con campañas como la del Bnc d’Aliments.

Fuente de la imagen.

¿Comemos demasiada carne?

Más de un tercio de los cereales del mundo se usa para alimentar al ganado, no a las personas. Los chinos deben tener algo de culpa, ya que son quienes crían la mitad de los cerdos del mundo en la actualidad, algo insólito hace 20 años, cuando lo normal para una familia era cebar un cerdo cada curso para comérselo en Año Nuevo. Hoy, los chinos comen 34 quilos de carne. Sin embargo, no son los líderes. Los norteamericanos comen 124. Los daneses, 146.

Para sostener esta demanda que crece continuamente hace falta celeridad en el cebo de las bestias. Y eso significa dos cosas: mucha alimentación, generalmente piensos de engorde rápido, y espacios pensados exclusivamente para este proceso.

Consecuencias? a) el productor prima la cantidad -de comida- a la calidad -de la carne y de la vida del animal-; b) se dispara la demanda de alimentos, habitualmente maíz y soja, con lo que sube su precio; y c) las granjas terminan siendo industrias.

En conjunto, termina dándose una situación que plantea varios problemas. Por un lado, a nivel individual y local, ya que estas granjas industriales, como relata Tristan Suart, requieren de subvenciones públicas (¡nuestros impuestos!).

Después está la calidad media de la carne que comemos. ¿Compensa comer tres, cinco y siete veces a la semana carne, pollo o embutidos industriales? Puesto en la balanza un chuletón norteño, un jamón ibérico o un pollo de corral a la semana, ¿quién gana?

Luego está el impacto más genérico y a largo plazo. Primeramente ecológico para las bestias, que ya quisieran para sí una vida y un final como el de los toros de lidia. Y luego para los precios de los cereales: un quilo de carne requiere cinco quilos de cereales en su producción, lo cual es profundamente ineficiente visto con gran angular. A más consumo de carne de quien puede permitírselo, mayor es el precio de los cereales, fuente de alimentación fundamental de la humanidad, especialmente de sus estratos menos favorecidos.

Visto todo, a cualquiera se le queda mal estómago, ¿no?

Foto: John Stanmeyer, National Gepgraphic.

¿Cuánto hambre produce el libre mercado?

En teoría funciona casi todo. El comunismo y el crecepelo. La democracia y el doble pivote. La justicia y las dietas. Y Windows. Y sí, el libre comercio.

Las universidades -lo denunció Naomi Klein en su “La doctrina del Shock” y lo he comprobado en mis años de estudiante- andan repletas de profesores que predican las bondades del libre comercio. El libre mercado, ese sistema según el cual cada persona y cada país debe especializarse en la tarea que mejor se le dé en comparación al resto.

Si todo el mundo cumple esta premisa, reza la teoría, si los alemanes producen coches, los vietnamitas arroz, los americanos películas, los argentinos carne, los japoneses tecnología y los marfileños cacao, ninguno perderá el tiempo (ni dinero) en fabricar aquello en lo que no destaca y producirá más eficientemente su especialidad para venderlo a un mercado común. Resultados: se llevará un mayor beneficio cuando venda y comprará más variado y de mejor calidad que si hubiera dispersado sus atenciones en demasiadas producciones.

En teoría, no sólo funciona, sino que es un sistema perfecto para todos sus actores.

En teoría.

En la práctica, este intercambio no se llega a dar jamás, o por lo menos no con la mínima simetría que cabría esperar: unos pocos se benefician mucho y otros muchos son perjudicados. Eso es especialmente sangrante en lo que respecta a la alimentación.

Porque no es un problema, son varios:

  • La especialización de la que hablábamos termina produciendo dependencia, por lo que cuando un cultivo sufre un mal año, el país y sus ciudadanos pagan las consecuencias en forma de deuda.
  • Las grandes compañías, amparadas en la libertad, compran tierras en Sudamérica y África para cultivar alimentos que jamás se quedan en el terreno y que dejan de ser útiles para los cultivos tradicionales.
  • Los fondos de inversión compran las producciones a varios años vista (en la Bolsa de Chicago, referente en la materia, están compradas algunas producciones agrícolas hasta dentro de siete años!) para especular con ellas, con lo que suben sus precios.
  • Los mismos países que albergan a las empresas que se benefician de todo ello, Europa y Norteamérica, cierran sus mercados a las producciones de los campesinos del Sur.
  • En la mayoría de los países, la tierra no se reparte, se acumula, por lo que el campesinado apenas saca tajada de los beneficios. En Estados Unidos el 4% de la población posee la mitad de la tierra cultivable, y en Brasil, esa misma proporción es para un 1% de la población por la misma regla de tres que quienes más tierras tienen en Europa son la reina de Inglaterra y Nestlé.
Y de este estado de cosas, poca falta hace recordarlo, resultan el millar de millones de hambrientos que hay en el mundo. Por ello, cada miércoles intentaremos profundizar en todos los detalles de la verdadera y vergonzante crisis mundial.
Las posibles soluciones, como siempre, en los comentarios.